Un día apareció Miguel. Ella estaba entrando a la casa, a plena luz de la siesta, cuando él salió al encuentro. Había estado esperandola escondido entre la maleza del jardín. Se había teñido el pelo de un palido color amarillo y vestía un traje azul cruzado. Parecía un vulgar empleado de Banco, pero Alba lo reconoció al punto y no pudo atajar un grito de júbilo que le subió de las entrañas. Se abrazaron en el jardín, a la vista de los transeuntes y de quien quisiera mirar, hasta que les volvió la cordura y comprendieron el peligro. Alba lo llevó al interior de la casa, a su dormitorio. Cayeron sobre la cama en un nudo de brazos y piernas, llamándose mutuamente por los nombres secretos que usaban en los tiempos del sótano, se amaron con desespero, hasta qye sintieron que se les escapaba la vida y les reventaba el alma, y tuvieron que quedarse quietos, escuchando los estrepitosos latidos de sus corazones para tranquilizarse un poco.
Alba, que había imaginado mil veces que estaba preso o le habían dado muerte de alguna manera horrible, lloraba de alegría saboreando su olor, su textura, su voz, su calor, el roce de sus manos callosas por el uso de las armas, rezando y maldeciendo y besándolo y odiándolo por tantos sufrimientos acumulados y deseando morir allí mismo, para no volver a penar su ausencia…


